En casa, tras terminar mi tasa de café y algunas de mis galletas favoritas con chips de chocolate, mi mente no cesaba de hacerme pensar, mientras que yo sólo quería descansar un rato.
Decidí que la mejor opción sería dar un paseo. Supuse que luego de algunos varios pasos vagando entre las calles, sin destino, mi mente se agotaría y quedaría en blanco.
Tomé mi abrigo y me enredé en el cuello mi bufanda preferida que me acompaña a todo lugar en estos días de otoño. El frío aún no era insoportable, pero el sol ya había dejado de ser la luz cálida y reconfortante de los últimos días de verano.
Mientras caminaba, mi mente incesante me recordaba que los años pasan, entre días, noches, recuerdos, memorias y anécdotas. Todo es almacenado en la biblioteca del pasado.
Tras dar la vuelta en la esquina de una lavandería, entendí que a pesar del transcurso del tiempo, las personas no cambian. Me di cuenta de que siempre serán las mismas, las facetas que muestran, las verdades y mentiras que ocultan. Todos somos por esencia quienes somos. Es que, no podemos cambiar las cosas como son, ni a las personas y sus actos. Son quienes son, errando o no.
Di muchas más vueltas a esquinas, y algo más de un kilómetro lejos de casa, llegué al parque por sorpresa. Me detuve un momento para escoger una banca en la que me quisiera sentar. Había varias, con distintas características y para todos los gustos. Algunas con luz, otras con sombra, algunas solitarias, ralladas, rotas, abandonadas, remodeladas, y una en particular con una visión panorámica por excelencia de todo el parque. Estaba en buen estado, y recibía una brisa suave manifestada entre susurros de los álamos de la avenida principal.
Tal vez muchas personas fueron víctimas de sus mentes incesantes de pensar, o quizás solo era un día demasiado agradable para quedarse en casa. Pero en el parque había mucha gente.
A lo lejos al norte, veía acercarse a una chica con ropas algo exóticas. Entre las telas de su ropa destacaba el negro, su cara estaba cubierta de un maquillaje recargado, y su oscuro cabello estaba recogido alocadamente. Mientras se acercaba, al parecer se dio cuenta de que captó mi atención, y disminuyó la velocidad de su paso. Sus ojos penetrantes me observaban, y por un instante mi mente se silenció. La mirada de la chica me hizo sentir odiada, e insertó cierto malestar en mi pecho. Opté por mirar hacia la dirección contraria y entendí que había sido como una pesadilla de un eterno segundo.
Entonces, otra persona captó mi atención. En la dirección sur, entre la multitud, vi a un chico que también dirigía sus pasos a mi dirección. Sus pasos eran marcados y seguros, pero también pacíficos, y sus manos estaban guardadas en los bolsillos laterales de su largo abrigo negro, que dejaba entre ver algo más de ropa oscura, que no pude detallar. Seguramente no tenía apuro ni nada que hacer mas tarde.
A diferencia de la chica del norte que seguía acercándose, y la pesadilla eterna de un segundo que me produjo cuando me miró, aparentemente, el chico del sur capturó mi atención por más tiempo, y es que, me resulta un poco extraño dimensionar todo lo que capté menos de un minuto. Él era lindo. Entre su cabello, que era corto, pero lo bastante largo como para ocultar parte de sus ojos, noté su mirada perdida entre el camino, no observaba nada objetivamente, al parecer nada le interesaba lo suficiente como para desplazar su visión de ese punto invisible ¿Qué ocultaba esa mirada? ¿Se sentía bien? ¿Qué estaba pensando? Entendí que era más que una atracción física. Ese chico tenía algo especial, no entendía que era, pero retuvo mi mirada por bastantes más segundos que el odio del norte.
Aún con mi mirada fija en él, cuando ya estaba a punto de pasar frente a mí, los ojos del chico abandonaron al punto invisible para encontrar su mirada con la mía. Sus ojos eran cafés, y brillantes. Creo que tenían una iluminación especial, diferente, lo suficientemente bellos como para retener mi mirada en él por más tiempo y criterio del que el disimulo y la moral podían permitir.
Definitivamente, el debió darse cuenta de lo perpleja que me mantuvo por bastantes segundos. No se si fue esa la razón, pero ya casi al cruzar frente a mi, bajó la vista al suelo y dejó escapar una leve sonrisa torcida. Ahora si observaba el suelo, y no al punto invisible.
Ahora no solo estaba avergonzada e intimidada, como en mi primer encuentro de miradas mientras estuve en esa banca. También estaba sonrojada, seguramente de forma muy poco disimulada.
Volví a mirar al norte, y por sorpresa, vi a alguien de peinado alocado que observaba al chico del sur, pero no lo miraba con odio, como a mí, sino con lujuria. Sin embargo, al parecer el jamás notó su presencia, y siguió su camino hacia el norte en un rumbo que desconozco.
La chica no me volvió a ver, después de su intento fallido, bajó la vista, y los fuegos de odio y lujuria habían desaparecido de sus ojos. Siguió caminando hacia el sur, y yo no volví a observarla.
Luego de un par de minutos de acción, volví a ser sólo yo y mi escandalosa mente en una banca de vista panorámica al parque. Aunque la causante de mi paseo, ya estaba más pacífica, no olvidó al chico. Era como un ángel caído, pero lo suficientemente real como para ser humano, y por alguna razón que no tengo clara, por algo más allá de lo físico, nos perdimos un par de segundos entre nuestras miradas y más allá. Entendí que no estoy sola, no soy la única, y creo que el también lo entendió.
Sé que las personas no cambian, y si soy agua, sé que otros serán aceite o alguna otra sustancia que no me venga bien. Pero sé también que hay otros que sí me complementarán, que oirán y entenderán.
Miradas a la banca.
martes, julio 07, 2009
Publicado por
D. M.
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martes, julio 07, 2009
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